
El jardín donde jugábamos era pequeño y cuadrado, como un tablero de parchís.
En la esquina de la enredadera fue donde un día enterraste, después de un solemne funeral, a los indios y los vaqueros de plástico. Cavaste con el rastrillo y la pala de la playa, los ordenaste a todos en fila y, después de cubrirlos con una montañita de tierra, plantaste una cruz hecha con dos palos de helado . Así quedó terminada la tumba de aquellos guerreros para toda la eternidad, y era tan perfecta que nos pasamos la tarde entera cubriéndola de flores y cantando el nino-nino del himno de España.
A la mañana siguiente estaban todos otra vez desparramados por el jardín. Tú dijiste que habían salido de entre los muertos por la noche y que ahora eran zombis de indios y vaqueros de plástico. Yo te creí, aunque no se les notaba nada.
En la otra esquina, la de la pared alta, el perro solía dormitar junto a su caseta. Un día aseguraste que, si te sentabas frente a él y te concentrabas, los dos teníais telepatía. "¿Y qué piensa ahora mismo?", te pregunté. Te sentaste en el suelo con las piernas cruzadas, mirándole fijo, te colocaste dos dedos en las sienes y comenzó la transmisión.
-Está pensando que quiere salir de paseo y a comprar petardos- dijiste con gesto grave.
Así que le pusimos la correa y nos marchamos sin más dilación a cumplir los deseos caninos. Después tiramos los petardos al caserón abandonado del final de la calle, pero el perro, que era un caprichoso, ya había perdido todo interés en el asunto. Se volvió al jardín, arrastrando su correa, y se dedicó a proponer matrimonio a la perra de los vecinos, como siempre.
En la tercera esquina, la de enfrente de la enredadera, estaba la verja de hierro que nos separaba del jardín de los vecinos. Allí había conocido el perro a su amada.
-Es un amor imposible-dijiste tú, nada más verlos menear las colas por primera vez.
No te pregunté por qué, pero me imaginé la razón: el niño de la casa de al lado te caía como un tiro y os cruzábais, día sí, día no, fuego a discreción de granos de arroz, usando cerbatanas hechas con bolígrafos bic. Esta enemistad convertía a los perros en Romeo y Julieta. Sin embargo, un día los amantes tuvieron cachorros. Entonces no te quedó otra opción que hacer las paces con Capuleto y celebrar una ceremonia de boda a la que asistimos todos. Le pusimos a la perra un velo hecho con un visillo viejo y al perro una pajarita de papel de periódico. Tú te colocaste una colcha en la espalda y un embudo en la cabeza, porque eras el obispo. Yo tiraba granos de arroz al aire con una de las cerbatanas bic. Capuleto, como era tan engreído, se daba paseos con importancia, fumándose una zanahoria del huerto de su padre y agarrándose los tirantes imaginarios. Durante una media hora, hicimos las paces. Luego nos aburrimos de la paz y se reanudó la guerra.
La cuarta esquina era la de la merienda. Allí estaba el banco de piedra donde nos sentábamos a comernos los bocadillos de nocilla. A través de la ventana abierta, oíamos la radionovela. Hipnotizados por las voces de los locutores, nos quedábamos muy quietos mirando al vacío. El vacío, decías tú, estaba justo ahí enfrente, en el centro del jardín, en el agujero tapado del antiguo pozo.
-Es una puerta a otra dimensión-anunciaste una tarde-. Si metemos una caña de pescar por las rendijas de la tapa, a lo mejor pican los monstruos.
Te pregunté qué íbamos a hacer con los monstruos, una vez que hubieran picado.
-A ver si nos van a comer los bocadillos de nocilla- advertí.
-No te preocupes-me tranquilizaste-, los venderemos en la pajarería y, con el dinero que nos den, compraremos petardos.
La verdad es que nunca llegamos a ver a los monstruos ni conseguimos pescar a ninguno. Pero los oíamos cantar todas las noches desde su mundo subterráneo del centro del jardín. Y nos dormíamos pensando en la suerte que teníamos de que estuvieran atrapados por la tapadera vieja y de que nadie, todavía, los hubiera dejado salir.
7 comentarios:
I like your blog.
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Muchas gracias, student loan repayment.
Tienes un nombre muy bonito. :-)))
Los monstruos son los monstruos que nunca se dejan ver, por eso son monstruos :)
Bueno, alguna vez asoman una patita o algún cacho o algo. :-)
Un relato repleto del candor de la feliz inocencia ¡Cuántos dulces recuerdos! Un beso, amiga.
es vida pura visitarte.
hay historias llenas de cosas
que parecen pequeñas
pero llevan la voz del universo
en sus pequeñas cosas.
Gracias a ambos.
La voz del Universo está muy callada últimamente, pero volverá a hablar.Siempre lo hace.
Abrazos, :-)
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