sábado, octubre 30, 2010

Eco, II

(...)

-McLuhan, yo ya te he hablado de mi prima Constance O'Reilly, la que se crió conmigo en la verde Irlanda. Sabes que vive en Brooklyn y que, en las fiestas señaladas, nos pone a bailar a todos en el patio trasero de su casa, eso sí, después de habernos cebado con un guiso cerdo y patatas, además de una buena cerveza.

Verás, desde que me alcanza la memoria, recuerdo haber visto bailar a Constance como una peonza. Y por cierto que de niña no abultaba mucho más que una peonza, porque siempre fue mucho más pequeña que los demás de su edad. Su padre, mi tío Thomas, la llamaba su duende: "Ya está bailando mi duende: hoy tenemos día de suerte", solía exclamar cuando escuchaba el zapatear de la pequeña sobre su cabeza, en el entarimado del desván. Allí nos subíamos Connie y yo, a disfrazarnos, a curiosear en los baúles y, sobre todo, a bailar ella mientras tocaba la armónica yo. Allí se nos pasaban las horas muertas, hasta que caían las sombras, y un temor que no nos confesábamos nos empujaba a toda prisa por las escaleras abajo, hacia el fuego encendido, la sopa caliente y la protección de Thomas.

Porque Connie había perdido a su madre. No digo que el Señor se la hubiera llevado con los ángeles, no. Digo una cosa muy diferente, y es que la niña la había perdido, ya que un día la mujer desapareció sin dejar rastro, apenas, ni del recuerdo de su cara.

Una de aquellas noches invernales, no tendríamos más de once o doce años, el tío Thomas nos hizo sentar junto a la chimenea y puso el gesto que ponía cuando nos iba a contar una historia. Pero no fue una historia lo que nos contó, sino que nos clavó una mirada en la que se reflejaba el fuego igual que en el pelo de Constance, y nos dijo: "No vayáis nunca por el camino del acantilado de Moher. Existe allí una cueva donde vive una bruja que hace pedazos a los niños, y entierra sus huesos debajo del suelo".

Y nos lo dijo, McLuhan, bien lo sabe Dios, como si quisiera decirnos todo lo contrario. Como si supiera que un día, más tarde o más temprano, marcharíamos los dos sin remisión por el camino del acantilado de Moher y entraríamos en la cueva para ver a la bruja. Como si, sabiéndolo, no pudiera hallar mejor manera de protegernos que informarnos de lo que nos esperaba allí.

Así que, por supuesto, no pasó una primavera más sin que Connie y éste que te habla nos encamináramos juntos a Moher, con la emoción y el miedo que, al mismo tiempo, sólo son capaces de sentir los niños.

- Por los tres pelos del Diablo, O'Reilly, ¡no me digas ahora que os encontrasteis a la bruja! Porque yo no te veo hecho pedazos ni enterrado debajo del suelo.

-Estoy entero, McLuhan, gracias a todos los Santos. Aunque mejor sería decir que estoy entero gracias a la pequeña, a la minúscula Connie.

-Cuéntamelo todo ahora mismo, pues, y luego no te olvides de invitarme a casa de tu prima en la próxima fiesta.

-Lo haré sin duda, amigo, pero escucha: cuando vimos a la bruja... Bueno, McLuhan, no te engañaré: yo no puedo describirla porque sencillamente no recuerdo su cara. El miedo y el tiempo han borrado sus facciones de mi memoria. Sí recuerdo a Connie paralizada junto al umbral de la covacha, y, en el instante siguiente,a unas pálidas garras que nos arrastraron hacia adentro. Nos vimos en una estancia llena de sombras donde apenas se distinguían los contornos de las cosas. Y me acuerdo que en un rincón de aquella habitación ardía una lumbre pequeña, tan pequeña que daba más frío que calor, porque el frío de la muerte vuelve al fuego raquítico y, cuando eso ocurre, ya nada es capaz de calentar el mundo. Y sé que la bruja no era ni vieja ni joven, pero era malvada, completamente mala desde la raíz de su ser, y nos miraba con una sonrisa demente, Fíjate, compañero, no sabría describir su cara, pero recuerdo muy bien su sonrisa: tanto la recuerdo que se me aparece desde entonces en los malos sueños, porque era la sonrisa del que sabe que va a destruirte sin explicación ni motivo. Que quiere y puede hacerlo, le gusta hacerlo, y te destruirá.

Yo tiritaba y Constance tiritaba a mi lado, mudos los dos, a punto de romper a llorar. Pensé en el tío Thomas, deseando con todas mis fuerzas que nos hubiera pillado, que adivinara nuestra desobediencia, que apareciera en aquel preciso momento por la puerta de la cueva para castigarnos por nuestra travesura. Supe, McLuhan, que mi prima estaba pensando lo mismo, y también que ella conocía con certeza lo que había en mi mente. Y, al saberlo, todo se me volvió de repente de una transparencia negra, como si yo fuera yo pero a la vez otra persona que me observara desde el rincón más oscuro de la habitación y de toda la tierra.

Y entonces, McLuhan, Connie dejó de tener miedo. Así, sin más. La oí respirar con fuerza, la oí dejar de temblar, noté su valor en mi piel, igual que se perciben los rayos solares después de una helada. Se me ocurrió que nada importaba excepto aquel valor de Connie, nada, ni siquiera la muerte, y oí su voz de niña dirigirse a la bruja como el que engatusa a un incauto cualquiera en la feria de un pueblo.

"Buena señora -dijo-, que Dios y su Madre y todos los Santos del Cielo le concedan un día feliz. Mi primo y yo hemos oído hablar de su gran bondad y de su sabiduría, y queremos ofrecerle un regalo. Pero somos muy pobres, así que le obsequiáremos con algo que no cuesta dinero, pero que llenará su amable corazón de alegría".

Y bien puedes creerme que dejó boquiabierta a la bruja cuando me dio mi armónica, que guardaba en el bolsillo de su delantal, y yo empecé a tocarla y ella empezó a bailar como nunca, con su sombra multiplicada en las paredes de piedra, convertida en muchas Constance que rodeaban, igual que un encantamiento, a aquella criatura que nos inspiraba tanto pavor. Juro que hasta el fuego pequeño se hizo mucho más grande, y pasaron segundos, y pasaron minutos, y ganamos el tiempo que nos hacía falta hasta que Thomas apareció por fin en la puerta de la caverna para castigarnos por nuestra travesura.

Y esto fue lo que ocurrió, y así te lo cuento.

-¿Y ya está, O'Reilly? ¿Allí quedó la bruja, la asesina de niños, tan tranquila en su cueva mientras vosotros os volvíais para casa?

-Pues verás, McLuhan: nada le dijo mi tío a aquella mujer, puesto que nada había que decir. ¿Qué había ocurrido en realidad?: nada de nada. Que unos chiquillos habían entrado en su cueva y se habían puesto a bailar. Recuerdo, sin embargo, que la bruja y mi tío se miraron como si se conocieran muy bien. Luego, nos marchamos los tres en silencio. Un mes entero nos tuvo Thomas castigados sin salir a jugar, y, por supuesto, nunca se volvió a hablar del asunto. Nunca hasta que, tres o cuatro años después, murió la bruja.

-¿De muerte natural?

-Eso creo, aunque no lo juraría. Pero escucha bien esto: las gentes excavaron bajo el suelo de su cueva y encontraron, en efecto, muchos huesos pequeños. Hubo en la comarca quien dijo que eran huesos de niños, y otros dijeron que se trataba tan sólo de huesos de animales. Era aquel tiempo y eran aquellos andurriales, y allí la policía no tenía costumbre de intervenir en asuntos de brujas de pueblo, de modo que jamás se investigó lo ocurrido. Tampoco creo que se llegaran a analizar los huesos o cosa semejante. La duda quedó en el aire para siempre, de manera que cada cual fue, y es, muy libre de pensar como le venga en gana.

-Y tú, O'Reilly, ¿qué piensas?

-Pues pienso, amigo mío, y éstas son historias que sólo se cuentan una vez en la vida, entre un tren y otro... Pienso que tal vez, sólo tal vez, Connie encontró en aquella cueva a alguien que había perdido. Que ese alguien resultó ser muy diferente a como ella solía imaginarlo, aunque quizá no tanto como para causarle verdadera sorpresa. Y pienso que hay que tener una sangre muy roja corriendo por las venas para vencer al miedo que provoca un encuentro como ése. Y pienso que Constance O'Reilly, la que baila en el patio, la tiene. Y que, a bruja, bruja y media, aunque sea de menor tamaño, si es que tú me quieres entender.

Te contaré que hace unos días, McLuhan, en nuestra última reunión familiar, mi prima les hablaba a sus hijos de unas cosas y de otras, sin intención aparente. De pronto yo la oí pensar y la oí respirar, igual que aquella vez en la cueva, y escuché su voz un poco aniñada, siempre suave y gentil, como la de quien sabe engatusarnos a todos. Decía que la primera canción de cuna que escuchas puede haber sido el crujido cruel de los huesos; y que el mismo corazón del miedo puede haberte parido; pero que luego, un buen día, tú decides escuchar al bosque, a la lluvia, a las olas y al fuego. Aprendes a bailar como bailan los duendes, y entonces, cuando la muerte que te crió te vuelve a encontrar, resulta que tienes el valor de dejarla sorprendida un minuto, al menos un minuto, que es el tiempo suficiente para salvar tu vida.

Y me guiñó un ojo al tiempo que contaba esto. Pero tú ahora, McLuhan, no me contestes nada. No todavía. Recuerda nuestras verdes tierras, la tuya y la mía. Piensa en todo lo que llevamos dentro, en las muchas preguntas y en las pocas respuestas. Piensa en círculos y en espirales, como aquellos que trazaban nuestros antepasados en las piedras. Piensa en la canción de las ratas del subsuelo, y también en la de las hojas cuando las agita el viento del Norte, que es tanto como decir los duendes. ¿Qué es más poderoso, la vida o la muerte? ¿La oscuridad sin forma del mundo o el camino que nos lleva, después de mil vueltas, hasta el centro del Laberinto?

Y me estoy poniendo demasiado profundo, por San Patricio. Deja que me ría un rato de mí mismo, amigo. No soy nada más que un vigilante del metro, un irlandés, un tipo duro que charla entre tren y tren con el jefe de estación, sólo porque hoy es un día tranquilo en el que no tenemos demasiado qué hacer...

2 comentarios:

Magda dijo...

Bueno, un plato de cocina elaborada pero de digestión lenta. No sé si he masticado lo suficiente, ahora ahí está, entero en mi estómago, esperando que los ácidos hagan su función. Creo que en mi desván hay alguna flauta en cuanto pueda moverme voy a buscarla.

A. dijo...

Si quieres un almax, tengo a cascoporro.