lunes, octubre 11, 2010

Eco





A fin de cuentas, ¿quién era Curtis Racket?

Alguien que te encontrabas a diario por los pasillos del metro. Alguien que, por todo lenguaje, imitaba los sonidos que se pueden escuchar en las alcantarillas. Un solitario más, un perdido, uno del que se contaba que de joven había sido actor. Eso se sabía y poco más. Que vivía en algún lugar entre Beverly y Church sí era un hecho debidamente contrastado, de ahí que frecuentara nuestra estación. Tampoco es que pareciera adicto a ninguna sustancia conocida. Era un hombre corriente, salvo porque se ponía a imitar cada dos por tres los sonidos del subsuelo.

-¿Y cuándo has llegado tú más abajo de estos andenes, para que sepas cómo suena el subsuelo?-le preguntó con retranca, uno de aquellos días, el jefe de estación McLuhan.

Curtis, por toda respuesta, se encogió de hombros y entonces sonó como una rata juguetona, una rata jovial que guardara un tesoro secreto: algo brillante escondido en el fondo de la madriguera, tal vez una canica o una medalla al valor militar.

Dice el jefe de estación McLuhan que la vida es siempre un círculo, "una trayectoria eternamente circular", dice, y que solemos terminar justo donde hemos empezado porque las personas no poseemos la capacidad real de cambiar.

Yo le digo que se equivoca, que conozco a más de uno que cambió, aunque cueste creerlo, o bien que, por así decirlo, en algún momento fue capaz de hacer una excepción y ser otra cosa sin dejar de ser él mismo. También le digo que, lo que a él le parece un círculo, puede que no sea sino una trayectoria en espiral. Que nunca pasamos dos veces por el mismo sitio, aunque creamos que sí, sino por otro que es vecino y que quizá se le parece.

-Es posible-me responde McLuhan tras una breve reflexión-. Es posible, no te digo que no. No está mal visto eso, pero mira, O'Reilly, ya que hablamos del viejo chiflado de Curtis Racket, en ese hombre tienes un ejemplo, y bien sangrante, de lo que te digo.

Acaba de salir el tren de las 4,45. El andén ha quedado vacío y así seguirá durante algunos minutos. McLuhan enciende un cigarrillo y habla con parsimonia:

-Habrás oído decir que fue actor de joven. Pues es cierto, amigo mío, y además un actor de éxito. Te lo puedes imaginar: dinero, aplausos, cochazos y mujeres de bandera que paseaba por Broadway bien forradas en visones. El teatro se venía abajo cada vez que Curtis estrenaba una función nueva de cante y de baile. Siempre de guaperas, de protagonista, siempre en portada de las revistas de moda, con sus gafas negras, su brillantina y sus trajes recién traídos de París. No le faltaba ni la flor en el ojal: un verdadero figurín, si es que me entiendes.Yo trabajaba entonces de chófer de limusinas y le llevé más de una vez, y más de dos, de paseo con sus amiguitas. Claro está que él ahora no me recuerda, pero yo a él sí.

-Bien, McLuhan, pues ahí lo tienes-le digo-: alguien que cambió. Y para mal, por cierto, o eso creo.

-Espera, O'Reilly, espera. No lo has oído todo. Una de aquellas noches, Curtis subió solo a la limusina. Ni amiguitas, ni juerga, ni champán, ni pastillas de colores, ni siquiera la flor en el ojal: únicamente Curtis Racket vestido con un traje gris.Abrió la ventanilla de comunicación y me indicó que le llevara a un suburbio perdido del que ni siquiera recuerdo el nombre. "No se extrañe, conductor -dijo-,verá, yo vivía allí de pequeño. ¿Qué le parece? ¿No me cree?" Y se echó a reir, pero su risa no fue alegre.

Luego llegamos, se bajó del coche y se manchó los zapatos de ante en el barro. Parecía que tuviera una cita a la luz de la luna, pero en aquel andurrial solitario yo no ví a nadie más. Te diré que esto me tranquilizaba, pues hubiera sido mucho peor un encuentro con sabe Dios quién. Sin embargo, Curtis se demoraba dando vueltas entre las chabolas y decidí bajar yo también para meterle prisa. Me acerqué y le pedí que volviera al vehículo antes de que nos atracaran. Él me miró sin verme. "¿No lo oyes?" me preguntó. "Si no oigo qué, señor" le contesté con impaciencia. "Algo canta ahí abajo-dijo señalando a la tapa rota de una alcantarilla-. Hace tantos años que no lo escuchaba... Algo canta ahí abajo. Ésa es la voz de la que yo lo aprendí todo. Es el canto que las ratas, y ellas, a su vez, lo aprendieron de los muertos. Y todas las canciones que he cantado en mi vida no son más que un eco de esa misma canción".

Bueno, O'Reilly, he de decir que me pareció una de esas locuras de los artistas, de las que por cierto veía a montones en la limusina. Yo sólo quería salir de allí cuanto antes y al fin conseguí meterlo a empujones en el coche, mientras maldecía para mis adentros a esta vida perra, que da pañuelo a quien no tiene narices, y que reparte fama y dinero a mansalva entre los idiotas y los perturbados.

Luego se me pasó el berrinche. ¿A quién le importaban las excentricidades de un cómico? A mí no, desde luego. Seguí adelante con mi existencia diaria sin pensar más en el asunto, hasta que oí decir a algún pasajero que Curtis Racket iba de capa caída con su nuevo espectáculo. Al parecer, ahora se dedicaba a imitar sobre el escenario lo que él llamaba los sonidos del subsuelo: gorgoteos de cañerías, chillidos de ratas, ecos de pasos de personas perdidas ahí abajo, decía él, y todo resultaba de una estupidez tan grande que el público no paraba de abuchear hasta que les devolvían el dinero de la entrada.

Y así fue como el bueno de Curtis lo perdió todo, O'Reilly. Porque, ¿sabes lo peor del cuento? Pues que una maldición parecía haberse apoderado de él, y ya fue incapaz de soltar por su boca otra cosa más que los sonidos del subsuelo. Así que, por más que se apercibía de su ruina, no podía cambiar su espectáculo ni en lo más mínimo, y, al decir no podía, me refiero a que managers, empresarios teatrales, buenos amigos y toda clase de personas bienintencionadas de su entorno intentaron convencerle de que renunciara a sus estúpidas imitaciones, sin conseguirlo jamás. Y ahí le tienes ahora: un viejo mendigo chiflado que repite sin cesar los sonidos del subsuelo.

-Es una historia terrible, McLuhan, pero lo único que saco en claro de ella es que el pobre diablo se volvió loco. Por las drogas, tal vez.

El jefe de estación apaga la colilla con el pie y se ríe. Poco a poco el andén se llena de viajeros que esperan al próximo tren.

-Bueno, compañero-dice McLuhan-, son maneras de verlo. Muy cuerdo no anda, es cierto. Pero piénsalo de esta otra forma: ¿acaso no es la pura verdad que aprendió a cantar escuchando a las ratas, de niño en aquel suburbio? ¿Y no será que somos para siempre lo que fuimos al principio, y que nos pasamos la vida repitiendo el eco de la misma canción que aprendimos de pequeños? Círculos o espirales, lo mismo da. Canta la tierra, cantan los muertos, cantan las ratas y cantan los niños pobres, aunque luego se hagan hombres ricos. Y todo es la misma canción.

-Ya veo por dónde vas: y no nos libramos de esa canción jamás, y alguna vez puede que esa canción venga a buscarnos y nos traiga de nuevo al fango, así vivamos en palacios de oro.

-Así es, O'Reilly, por la Virgen, tal como lo estás diciendo.

-Pues espera a que se marche el tren de las 4,50, McLuhan y te contaré yo a ti una historia igualmente verídica que te demostrará lo contrario...

(continuará)

2 comentarios:

Magda dijo...

Ya estoy por la docena. Doce noches sin pegar ojo esperando la continuación, me duermo sobre la mesa en el trabajo y me han amenazado con el despido, yo me rio pensando anda ya, soy funcionaria, ellos se reien pensando que creo que aún vivinmos en los tiempos en los cuales un (una) funcionario/a tenia el sueldo asegurado. Yo me rio y en mi risa renocozco la forma en que mi madre me enseñó a reir, cuando me hacía cosquillas, y hago cosquillas a mis jefes que se rien de pena por mi, creen que me he vuelto tarumba. Y me voy a quedar sin el pan de mis hijos. Todo por una continuación que no continua. ¿Quién te enseñó a ser tan cruel?

A. dijo...

jajaja

Juro por San Patricio que estoy en ello, sólo que cada día vuelvo del curro con más mala leche, porque mi trabajo es lo que tiene: que uno se pone de mala leche por el trabajo propiamente (aunque no por el jefe, que es buena gente) y por la situación general que el trabajo evidencia.

Luego, hay en el mundo cantos de sirena que me distraen y me dispersan: ahora mismo me marcho al Prado, pero no a pastar, sino a ver a un tal monsieur Renoir, que dicen que no pintaba mal del todo, y del que creo que en mi vida sólo he visto, así en directo, un cuadrito pequeño que hay en el Thyssen.

Pero estoy en ello. Ayer mismo escribí un cacho en un bar. En una servilleta no, en un cuaderno.

Besos y Orfidales, :-)))))