Esta noche he soñado que vivía en una cabaña con patas. Se ponía en movimiento cuando a ella le daba la gana. No, no era una roulotte ni nada parecido; sencillamente pertenecía a la subespecie de las cabañas con patas y se movía cuando tocaba y ya está.
Hoy no se divisa ni un sólo japonés en el Museo, ni con kimono ni sin kimono. A lo mejor es demasiado pronto. A lo mejor están por ahí, escondidos detrás de las telas como unos charlies. El caso es que esto está raro sin ellos. No sé, hasta el café me parece más frío, como paralizado por el asombro.
Su nipona influencia* (y al decir esto soy consciente de que ejecuto una pirueta retórica tan arriesgada como pedante), es clara en mi cuadro favorito de Fortuny, "Los Hijos del Pintor en el Salón Japonés", obra, que, como dice la Guía con solemnidad, "quedó inconclusa a la muerte del pintor". Esto suena a que don Mariano palmó con los pinceles en la mano, lo cual me alarma; pero no sé, no creo. Ya buscaré respuestas.
Lo que cuenta es que don Mariano era de Reus y, por tanto, bastante japonés. Y, por serlo, era también de pincelada audaz y ligera, de colores preciosos y de sonrisa interminable. Era un genio, don Mariano: otro más de Reus, y ahora, en estos últimos años, tengo entendido que se le está redescubriendo.
En este cuadro, que a mí me recuerda mucho a los momentos más ligeros de mi vida adulta**, Fortuny se explayó en plena libertad, que para eso lo pintó en privado y en el ámbito de la intimidad familiar. Es decir: más que nunca pintó como le dio la gana.
Por tanto, hermanos, antes de que nos pille la Pelona con o sin pinceles en la mano, digo que reivindiquemos la ligereza: la de las cabañas con patas y la de los genios de Reus. Porque la pesadez es, me parece a mí, una solemne tontería.
Como dicen por ahí: tots sóm de Reus.
Y es ahora, en este mismo instante, cuando se acaban de sentar en la mesa de al lado dos japonesas monísimas.
Las saludo de parte de todos ustedes.
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(*).-la pintura japonesa influyó mucho en los artistas europeos de fines del XIX. Aquí tal vez no se aprecie muy bien, pero en esta pequeña obra maestra hay plantas y mariposas que los especialistas remiten a lo japonés; y también, creo yo, un sentido de la delicadeza, una poética de lo cotidiano muy oriental.
(**).-horas de la siesta estival en Valdelaguna, cuando mi hija y mi sobrina Elena eran pequeñas, y nos tumbábamos en una manta en el suelo.

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