Recuerdo haberme quedado estupefacta ante este cuadro cuando lo ví por primera vez. Fue de pequeña, en un libro precioso llamado Estampas de España que rulaba por la casa de mi abuela y que había sido editado para niños durante la República. Un libro que resultaba chocante para una niña nacida y educada en pleno franquismo, ya que enseñaba valores muy diferentes a los del colegio. Aunque la verdad es que me quedé estupefacta ante La Muerte de Lucrecia porque es una escena desgarrada y terrible y provoca muchísimas preguntas en la mente de un niño, no porque sea un cuadro muy republicano, que lo es, ya que esto lo descubrí más tarde.
Cualquiera puede buscar la leyenda de Lucrecia y de cómo su violación por el último rey de Roma, Tarquino el Soberbio, provocó la llegada de la República en 509 a.C. No la contaré, se trata de un episodio de abuso de autoridad y de fuerza tan viejo como el mundo: nihil novum sub sole, que dirían los personajes aquí representados si hubieran sido unos pedantes como los de ahora.
Sólo quiero señalar cómo colocó Rosales a Bruto -antepasado del que también él, hijo mío- con la espada ensangrentada en alto, afirmando así que la libertad no es gratis, Y cómo situó a Valerio, menos colérico y más abatido, en el extremo opuesto. Y al padre y al marido de la víctima, siguiendo y enmarcando con sus figuras a la de ella, acompañándola en el momento de la muerte.
En este cuadro ha sucedido algo terrible y está a punto de producirse un terremoto que cambiará el mundo para siempre. Uno de esos terremotos de la Historia que nacen del dolor y de la rabia. Ninguno de estos personajes sabe lo que ocurrirá en su futuro, pero están a un segundo de saber que ya no soportan más lo que está ocurriendo en su presente. Es el momento previo a una ola gigante, cuando el mar se repliega, como el personaje de Valerio, para al instante ponerse de pie, como Bruto.
Afirma la Guía que a Rosales le gustaba mucho esta obra suya por el sentimiento que transmite. El pintor decía que la ejecutó para que hablara al alma más que al raciocinio, y la verdad es que no hay como un claroscuro potente para hablarle al alma de nosotros los primates, ya que eso es l
o que somos: puro y duro, y terco, terquísimo claroscuro. Y lo decía para justificarse, el hombre, ya que al ejecutarla se salió de la pincelada cursi del realismo academicista y esto, aunque le valió un premio, le costó críticas despiadadas.
Visto de cerca, lo primero que llama la atención es su enorme tamaño. Y, a poco que te fijes, lo mucho que debe a Velázquez en la pincelada suelta y en la atmósfera.
Un día me atreveré a hablar de Velázquez, aunque me da reparo, sólo que mi cuadro preferido está en la National Gallery y el desplazamiento me va a costar lo mío.
El café muy bueno, gracias. Y me he comido un plátano.
Sin novedad de los japos.

4 comentarios:
:) Buenas (con letra pequeña) no quiero romper la sensación poderosa que trasmite la lectura, un erudito y bien trazado artículo que habla al alma más que al raciocinio. No tengo nada que decir, de hecho no estoy, ni me ves. Tú a lo tuyo, con tus cuadros, los de ellos vaya, que ya són de todos, un poco más de todos gracias a ti. Pero no estoy, no quiero romper con palabras torpes la fuerza brutal de tus palabras. Sólo déjame seguir espiando y gozando de tu libreta, pero a lo tuyo, como si no estuviera. Eso sí, aunque no me hayas visto da recuerdos a los japos cuando aparezcan.
Sí, ahí estás. :-)
Acabo de cenar leyendo las historias de estos hombres y mujeres tan... tan... viscerales. El cuadro no lo conocía. Tampoco sabía quién era Lucrecia. Siempre me ha sonado a nombre de princesa de la Edad Media. Ahora entiendo el porqué Shakespeare retrató tan bien las miserias humanas, la rabia, la ira, el odio... Entre Titus Andronicus y Marco Antonio...
Un placer, oiga, :-)
Viscerales y algo brutos, como su propio nombre indica. :-))
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