lunes, marzo 07, 2011

Hacia Oriente y hacia atrás.

Cuando yo era muy joven, viví una relación intensa con la Antigüedad. Y no es que ahora la ame menos: es que la vida está llena de cantos de sirena que me distraen y por eso la traiciono con frecuencia. Por supuesto, los resultados de mis traiciones acostumbran a defraudarme.

La vida es fea cuando las personas no creen en la belleza. La belleza estaba lejos, por tanto. Lejos en el tiempo y en el espacio, cuanto más lejos mejor, donde hubiera deseado con todas mis fuerzas encontrarme yo misma. Y así estudiaba y estudiaba, y también imaginaba, y aprendí tanto que me cociné una ética y un sentido del mundo, los cuales todavía no me han abandonado. Cuando necesito entender una cosa, reconstruyo el itinerario que esa cosa ha seguido para llegar a ser. Reconstruyo su Historia, igual que otros formulan matemáticamente la realidad, la traducen a mitos o la desarman, y así les parece que se enteran de cómo es por dentro.

Mi enamoramiento del Pasado no fue un proceso racional. Ya de muy pequeña me alucinaban las pelis de romanos, esas mismas que las ve uno ahora y se descojona, porque se acuerda de los Monty Python y de Pijus Magnificus. Yo me hubiera metido a vivir en una de esas películas tranquilamente, aunque fuera de figurante.

Ahora ya no, claro. Hay que quedarse aquí, si acaso viendo Gladiator o al mismo Brian. Crecer es una putada.

¿Creció Jean-Léon Gérôme?  Se diría que sí, puesto que tan académicamente pintaba y esculpía. Sin embargo, yo juraría que tampoco le gustó demasiado su propio espacio-tiempo y que perteneció al selecto club de los que necesitamos escapar hacia el Este y hacia atrás.

Es verdad que agobia un poco tanto realismo, pero hay que ver sus cuadros de cerca: la pincelada gradúa su intensidad y detalle de manera muy curiosa, de modo que hay figuras y objetos que parecen pegados encima, superpuestos a la escena general, como si el pintor hubiera jugado con pegatinas. En el retrato de esta hermosa mujer circasiana, el objeto más detallado, el que más llama la atención al mirar de cerca, es el anillo que luce en su dedo. No tengo ni idea del porqué.

Ocurre también con los pliegues inferiores de la túnica en el Poeta Negro, tal vez para acentuar la piel oscura del hombre, esas manos y esos ojos donde se ocultan las canciones y los poemas que ya no podemos oir.

Es una revuelta de pliegues y brazos vigosos que le arrebatan la túnica a Phryné. Y, por supuesto, el torso y el yelmo lleno de reflejos de un gladiador ,a quien no le vemos la cara para que así lo recordemos como lo que es: un puro brazo armado, gallardo e irracional. Y muy extraño.

A los cincuenta y pico, Gérôme se habia aficionado tanto a que determinadas cosas adquirieran relieve que se pasó a la escultura. Y hay que decir que la fotografía no le hace justicia a Corinto. Hay que ver de cerca las diminutas joyas que adornan la diadema de la mujer, sus pulseras, la majestad de su desnudez tranquila, su mirada perdida como si estuviera mirando al mar.

En fin, que no se puede negar que la Antigüedad es algo muy bello para nuestros corazones, aunque la razón, esa gran sirena cantante, impertinente y gorda como una diva, nos  haga creer de vez en cuando que esos mundos de hacia atrás y hacia Oriente sólo han existido en nuestra imaginación.

2 comentarios:

Magda dijo...

Belleza eres tú. Aunque yo siga sin estar. Echo de menos a los japoneses.

A. dijo...

Hala, vaya piropo. :-))
Volverán. Los japoneses son como las golondrinas.