domingo, abril 10, 2011
Chardin
La de hoy es una mañana sutil, no sabría decir por qué. El mundo se cae a cachos como siempre; la luz de la primavera nos sigue inundando en su magia de promesas casi siempre falsas, y sin embargo ahora mismo, en este preciso momento, lo que a mí me rodea es un océano de expresiones pacíficas. Pienso que hoy es más injusto que nunca que a la gente buena le sucedan cosa malas. Incluso que a la gente medio buena y medio mala, la mayoría, nos sucedan cosa malas.
Hay dos muchachas con escotes y shorts a mi derecha. No han venido juntas, acaban de entablar conversación y una de ellas, de aquí seguramente, chapurrea en inglés para que la otra la entienda.
Hay un grupo de jóvenzuelos y jovenzuelas british justo en la mesa de enfrente. Para ser una pandi que muy probablemente se desmelenará al caer la noche, parecen ahora muy tranquilos. Las chica son todas rubias y de ojos claros, menos una, que es china. Los chicos son cachas, guapos y algo torpes. A todos ellos dan ganas de comérselos: son igualitos a la macedonia de frutas que decansa en mi plato. Y hay mucha más gente, mucha macedonia, y de verdad que hoy parece que nos han metido a todos en remojo en un balneario de los Alpes.
El talento, decía Diderot, salva el rechazo de lo repugnante y hace bello lo feo. Lo dijo porque admiraba a Chardin y porque La Raya le debió resultar un impacto. La Raya retrata con fidelidad el momento en que un gato descubre un pescado. La susodicha, destripada, preside la escena. Y es hermosa, a la manera en que puede ser hermoso lo repugnante y lo feo, lo que tiene todo el derecho a existir junto a las mariposas y los floripondios.
Pero lo realmente grande de Chardin son esas escenas que nos conmueven porque ya las hemos visto. Quien alguna tarde haya entrado de pronto en su cocina y visto sus objetos familiares bañados por un rayo de luz diferente, convertidos mediante esa luz en ·"otra cosa", sabrá a qué me refiero. Pasa mucho en verano, después de una siesta. Yo personalmente recuerdo algunos de esos momentos y la sensación de que el tiempo se detuvo en ellos. Otra realidad comenzó allí, parecida a la de siempre pero no la misma. Ahí empezó y por ahí andará, funcionando a su aire. Creo que la volveremos a encontrar en el futuro, y que con mucha suerte podremos quedarnos en ella, aunque sea abandonando ésta.
El de Chardin fue un viaje desde lo cotidiano a lo infinito. Desde muy pronto le gusto lo redondo, lo suave, las cosas que se pueden mirar y acariciar todos los días, esos cacharros y seres que se convierten en oro cuando la luz los toca. Y al final todo fue aire y atmósfera y pincelada suelta, y sombra, reflejo y transparencia.
El maestro decía que no se pinta con colores: los colores se usan, pero se pinta con los sentimientos. Por mi cuenta, me gustaría añadir una esperanza de esas de la primavera, tal vez fugaz, pero quién sabe: cada vez estoy más convencida de que la calma de las pequeñas cosas es un arma de destrucción masiva que -algún día, quizá- acabará con tanto hijo de puta prepotente de los que mangonean el mundo.
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2 comentarios:
Los que has colgado ¿son posteriores a La raya (1728)?
Sí, La Raya es una de sus primeras obras.
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