domingo, julio 31, 2011

Tocar la tierra



Hubo un tiempo en que Caravaggio me gustaba más que ningún otro pintor, porque lo veía franco y sin matices, y a sus cuadros fogonazos de luz dura sobre dura oscuridad. Las personas me parecían así, llenas de sombras aunque con instantes luminosos, y pensaba que, si Dios existía, nos vería a nosotros de esa manera un tanto inclemente. Porque la cualidad de Dios sería justamente ésa: la inclemencia.


Ahora que Dios me parece irrelevante, Caravaggio me parece violento. Y lo era, pero puede ser también que sufriera algún desequilibrio. O tal vez un enfado, uno grande. No conviene quitar importancia a los enfados.


Del Descendimiento, que hasta el 18 de Septiembre se encuentra expuesto en el Prado, me ha llamado la atención la figura de Nicodemo, el personaje vestido de ocre que vuelve la cara hacia el espectador. Me ha llamado la atención porque es un hombre común, con su traje pardo y sus firmes pies desnudos clavados en el suelo. Y, al ser como nosotros, es quien, de todos los personajes, se dirige a nuestros ojos y parece decirnos: ahora mirad lo que está pasando aquí. Es un extraño co-protagonista de la escena, un narrador elevado a la categoría central y remarcado por el fondo rojo que proporciona a su cabeza el manto de San Juan.


Los demás componen una especie de coreografía congelada. Partiendo del ángulo que forman los pies de Cristo con Nicodemo, se abre hacia la izquierda un abanico de reacciones humanas en gradación desde la no-expresión total de la muerte a la exaltación de la figura erguida de la derecha, María Cleofás. Los matices (y los matices en Caravaggio siempre son extraños) los dan las expresiones a partir de ella: María Magdalena, la Virgen y San Juan, más serenos en progresión de arriba abajo, hasta llegar a la inmovilidad del Cristo difunto.


Las manos de la mujer de pie apuntan al cielo; las de Jesús yacente tocan la tierra. Como los pies de Nicodemo.


Ese tocar la tierra, o la roca, o el sepulcro, me parece, salvando la perfección técnica, lo mejor del cuadro. El Cristo es prácticamente una copia de la Pietà de Miguel Angel, y sin embargo es otra cosa muy diferente, porque músculos oscuros, pies desnudos, rudeza, materia, tumba están aquí muy presentes, como si las tinieblas se hubieran abierto pero sólo durante un breve espacio de tiempo, el de un fogonazo de luz en el que Dios no resulta especialmente relevante.

3 comentarios:

Magda dijo...

Si algún día tengo nietos, y si algún día los llevo al Prado, haré que lean antes, o durante la visita, tus descripciones. Es más pienso de deberían ser de lectura obligada para todos los visitantes. Voy a proponer un referendum con esta propuesta.

A. dijo...

Vale, yo mi voto ya lo tienes, jaja

N.Y.butterfly dijo...

Y el mio..